viernes, 22 de marzo de 2013

The Black Sheet

Nunca me apasionaron las Barbies cuando era niña; de hecho, casi siempre estaba haciendo manualidades ya que alimentaban mi imaginación más que aquellas modelos de plástico. Sin embargo debo admitir que tuve una, un regalo de mi prima, a la que sí tuve aprecio. Aún la recuerdo, tenía un tono de piel más moreno y el cabello rizado. Le intenté poner los típicos vestidos rosas chicle y pomposos, pero me parecía que no le pegaban, hasta que mi madre me regaló por Ratoncito Pérez uno rojo muy brillante. Desde entonces cambié el rosa por el rojo, pues a esas edades necesitamos catalogar todo y pensar en un mejor amigo, un número de la suerte o un color preferido. También recuerdo que mi "mejor amiga" Rosa tenía el negro por "color preferido", algo inusual para una niña, pero quizás eso era una de las señales que le hacían diferente a las demás repipis y manipuladoras que cuando jugaban a ser cosas yo tenía que ser siempre la "cabra" loca. Para eso, prefería estar a solas con Rosa,  incluso jugar con los "apestados" niños, quienes sí me caían bien, incluso cuando uno de ellos me pegó un puñetazo por pasar delante de la portería durante un recreo. No estaba loquita por el niño guapo de la clase, ni por el cantante de moda, ni leía esas revistas para adolescentes en las que se usa un argot un tanto estúpido.

Por eso, durante algunos años pensé que era rara, pero llegado el día de hoy, no me considero como tal. Soy muy poco diferente a la media, no lo suficiente como para considerarme fuera de lo común. Es triste ser otra oveja blanca, pero al menos no tengo los conflictos internos que tiene la negra. Esta semana hablé con un chico de Georgia que quiere iniciarse en el español, y cual sorprendente es que el primer día de conocernos me dijo, muy sinceramente, que me infravaloro; en una hora de conversación adivinó que me falta confianza y me dio el consejo que aún ronda por mi cabeza: "you should be the black sheet", así, tal cual...