Querida España, hoy hace una semana que me encuentro
fuera de tus límites y en mí ya surgen sentimientos contradictorios. A la vez
que echo de menos a mi familia, amigos y pareja, los comienzos siempre me
entusiasman. Este semestre viene cargado de sorpresas, descubrimientos y
esfuerzos, lo sé; de hecho, ya ha empezado a ser emocionante, quizás más de lo
que hubiera deseado. La raíz de todo es mi propósito por mejorar mi inglés más
de lo que lo mejoré en la primera etapa, lo que conlleva a buscar oportunidades
con personas no españolas. Tuve el convencimiento, pero los planes en mi cabeza
dieron un giro inesperado hasta convertirse en los planes del caprichoso
destino. Empezó en la sala de espera y se pausó en las puertas de mi urbanización,
no sabiendo si terminó o no. En realidad esperaba una semana estancada en mi
salón, sola y aburrida sin aprovechar el tiempo que es oro, pero el destino quiso
que apenas tuviera tiempo para encender el ordenador. Las excusas vinieron
después.
Todo pasó tan deprisa como pasa un sueño que al despertar
tras una noche entera recuerdas vagamente: palabras en francés, un café de
máquina, un té de hotel, unas escaleras sin alcohol, un futuro incierto o el sueño
frustrado de una niña muy adulta, un ‘no puedo’, una confesión sin definición,
una disculpa y una noche en vela…
Al despertar, parece que la realidad te golpea. Es mediodía
del jueves y me muero por ver a mi ángel, que como todo ángel, espera
pacientemente a su incondicional feligresa, quien guarda en su interior una
batalla entre travesura y enorgullecimiento. El amor va y viene, viajando entre
dos corazones en desasosiego aunque certeros. ¿De qué clase de cemento hemos
construido nuestro hogar para que viento y marea no sean capaces de
derrumbarlo? ¿Cómo es posible que jugueteé con el fuego sin quemarme, que mire
mi mano siendo poseída y solo atisbe el brillo de la piedra de su corazón?
Callejón tailandés, religión versus destino, chocolate, cambio
de planes, la derecha de paraguas, una vela en una jarra rockera y una misión
imposible…
Me mantengo firme ante el terremoto, aunque quizás pequé
de benevolencia. Un ‘fuck you’ hubiera encajado pero no soy ese tiempo de
persona. A la vez que su respeto y honestidad me hizo más vulnerable y mi
fidelidad, más deseada, el amor guiaba mis palabras hasta llegar a calmar al
más desdichado, al que de un modo u otro cavaba su propia tumba. Es curioso
como las personas que siempre consiguen lo que se proponen, les llega un
momento en su vida en el que no pueden evitar sufrir al proponerse lo que no
está a su alcance, y ni un buen consejo logra sacarles de ese hoyo.
El éxito es relativo,
sí señor. Hay gente que viste de lino y sufre por poseer los harapos del pobre,
y encima tienen la valentía o la estupidez de pedirle que se los quite. ¡Están
muy bien donde están!
Después, como la mañana trae la claridad, el que viste de
lino se lo lleva rasgado y los harapos, algo sacudidos, permanecen siendo de quien
pertenecen. La anécdota aquí es que quien marcha, no se rendirá, y quien se queda,
no le cerrará sus cautelosas puertas.
¿Por qué el que viste de lino no consiguió los harapos? Muy
simple, porque los harapos fueron del pobre y siempre serán del pobre.
Mi rutina, estabilidad y sentimientos habrán sido
sacudidos, sí, pero nunca, nunca, arrancados. Cada día me sorprende más lo
fuerte que pueden ser una promesa de dos, un ideal moral y de vida de uno mismo,
o simplemente, una certeza infalible, que es el amor verdadero, luchador y muy
pero que muy cuidado.